Voy a ir agregando textos a esta introducción, que de esta forma quedará siempre adelante. Esto es, los textos nuevos irán abajo, y no arriba, como es habitual en los blogs. La lectura de esta introducción es necesaria y a la vez suficiente para la comprensión del tema presentado: en estas líneas está el núcleo de mis ideas, que son mis vivencias.
Pablo Diaz de Brito
Aviso de última publicación: (hay que pasar la Introducción o texto principal, que consta de dos partes)
La última: 22 de octubre de 2023: La otra vida: una ensoñación racionalizada
Antes:
- 18 de agosto de 2018. La muerte, su negación, su imposibilidad fenomenológica, su llegada como un afuera que mata
- 25 de febrero de 2017. La vida joven: el viviente sin pérdidas de intensidad del ser, envuelto en espesas capas de vida
y la anterior:
- 11 de mayo de 2016. El ser ajeno y sin habla ni subjetividad del Mundo y los entes
Esta formulación radical e inicial, necesaria y esencial, debe enlazarse de inmediato con el éxtasis íntimo del descubrir, en la última infancia y la primera adolescencia, la autodonación de la Vida, el milagro íntimo de mi surgir-vivo-a la Vida. Ese hecho secreto y dado de mi venir a la Vida y su cualidad originaria insuperable, que es el verdadero tesoro escondido que me mueve a escribir estas líneas. En mis años tempranos, estoy literalmente sumergido en la Vida pura, soy puro vivir, vivenciar sin más. Pregunto a los demás por mi origen, pero lo hago como niño, esto es, un ser imbuido de vivencia, que es puro vivenciar. Comienzo a tomar vaga conciencia de ese muro de silencio dentro del que vivo, ese círculo de Mismidad que es mi núcleo y mi separador del Afuera-Mundo. A la vez, me lanzo con voracidad y maravilla a explorar ese Mundo que se me da en la infancia y primera adolescencia. Cito con placer la maravilla de escalar una duna para enfrentar por primera vez el mar, ese ser líquido que ruge en un modo solo suyo, tan propio. Ese ser me arroba, literalmente, y me da un índice de qué puedo "esperar del mundo". Los cielos que ya he visto, las grandes nubes, las planicies de la Pampa, también me han mostrado el Ser del Mundo, su plenitud y su extraneidad, su ser en un modo totalmente diferente a ese ser íntimo que respira y se siente a sí mismo que soy. Encuentro insuficiente la dicotomía Identidad y Diferencia para estudiar este asunto capital. Yo vivo-vivencio dentro de mi círculo de Mismidad-Inmanencia y desde ese centro de vida palpitante que soy descubro, afuera, el ser gigante y ajeno del Mundo, su colección de entes, que es en un modo totalmente diferente a mi ser vivo conmigo mismo. El no tiene, parece, "interior", no mira afuera ni palpita dentro de su enorme ser geológico y eterno. Podemos hablar de Epifanía del mundo, pero este término, etimológicamente válido, está lamentablemene empapado de resonancias teológicas cristianas. (Nota: esbozar una Fenomenología de la Tierra. Del Mundo como la Tierra. No la del astrónomo, sino la que vi desplegarse a mi alrededor en mi infancia y adolescencia.)
Es esta la fuerza y el sentido último de la reducción o epojé, por más matizaciones que se le dé al concepto central de la fenomenología (este asunto capital se discute más adelante con mucho mayor detalle y apoyado en citas de Husserl). Involuntariamente o no, la reducción de la Fenomenología pone en foco esta clausura radical en mí mismo, hasta en las más intensas vivencias del ser exterior-Mundo o del Otro. Esa clausura condiciona por completo y para siempre el modo en que se da mi simultánea apertura, también radical y originaria, al Mundo y los Otros. Hay a la vez clausura y vuelco al Ser trascendente, del que vengo, algo que siento oscuramente en mi Aparecer ante mí. Al comenzar a vivenciar surjo desde un No-Ser anterior, y me percibo a mí mismo como producto del Mundo-La Tierra, su hijo. Me narran los adultos que un día nací, tal como veo que ocurre con animales y plantas. La trama social a la que llego así me lo informa (fecha de mi nacimiento, circunstancias, mi nombre, mi familia, etc). Pero por entre esa firme trama social se filtra ese sentido íntimo de maravilla ante mi vida en el mundo, en mi caso muy intenso a partir de los 11-12 años y hasta casi los 20, según recuerdo.
El flujo de vivencias que soy tiene un fondo de silencio y de misterio, un mutismo que está en mi propia Ipseidad, es su "sonido de fondo". Vivo con ese silencio a mis espaldas y a la vez "tengo conciencia" sorda de salir al Ser desde una Nada que me antecedió. Gratuitamente, fui. Ya viviendo, me entero de que el Mundo-Vida me produjo, que nací tal día, etc. Pero es la misma modalidad absoluta clausurada de darse mi ser a mí, mi Ipseidad viviente, la que determina esa apertura al Mundo, que es, así, una creación del Mundo y de los Otros. Son ellos, el Mundo, los Otros, porque yo existo, porque soy. La totalidad de la experiencia _que es así creación_ descansa en mí y sobre mí. La "prueba" está en que antes de mí no había nada, es decir, no había vivencias, único modo de Ser que conozco "realmente". Sólo al vivenciar puedo saber o informarme que el Ser-Mundo existió desde siempre y me produjo como uno de sus muchos seres. Me informo vivenciando del ser geológico de la Tierra, de su eternidad multimillonaria en años, de la eclosión de seres vivos de la que provenimos todos, etc.
Esta afirmación radical _son ellos y el Mundo porque yo soy_ halla su fundamento inmediato en la experiencia pura y se conceptualiza y evidencia en la reducción-epojé, tal vez, seguramente, contra la propia voluntad de la Fenomenología. A su vez, debe ser balanceada desde ese mismo nivel de experiencia pura: como ya dije, el Mundo se me presenta como "siendo-desde -siempre-fuera-de- mí", ajeno y por completo En-Sí, indiferente a mi llegada, Ser eterno que me antecede y es, insisto, indiferente a mi arribo. Aparece, en suma. Nada sabe de mi llegada, en nada lo afecta. Bien podrías no haber existido, parece decirle el ser del Mundo-Tierra al viviente nuevo que lo descubre. Un aparecer ante mí, fuera de mí, frente a mí; trascendencia que se da por sí sola, que me inunda con prepotencia. "Constitución" u "adecuación", la dupla Nóesis-Nóema, el rayo intencional husserliano, son conceptos que no alcanzan o no colman, esta experiencia de apertura radical originaria a lo que yo no soy, de este aparecer de lo Otro que, hay que insistir, se presenta con poder y potencia propias, que no me espera a que lo constituya o me erija en su arquitecto: la percepción me inunda de Mundo sin más, sin pedir permiso ni consentimiento, desde el inicio mismo de la vida. La terminología de la vieja Gnoseología resulta inútil, además de un intelectualismo absurdo, improponible ante la realidad de la inundación del Mundo que experimento. Acá vale detenerse un momento en Husserl y en Henry. En el ensayo preliminar de García-Baró a la Fenomenología material, hay unas páginas muy acertadas y espléndidamente escritas sobre este asunto capital. De acuerdo con el Husserl de Ideas I "el Aparecer no es puro Aparecer-del-aparecer, sno aparecer de lo otro de sí mismo", describe G.Baró. Una formulación de "filosofía reflexiva", finalmente, que Henry tidará de "formal, conceptual, fracasada en sus pretensiones ontológicas". Husserl se pone "mas bien del lado del objeto constituido que de la acción constitutiva...un mentar", describe el español. Henry, en cambio, postula que "la propia visión del mundo, la conciencia vertida al mundo, está siendo hecha posible desde su centro, por lo que tiene no de auto-reflexión, sino de sentir inmediado de sí, de aparecer del aparecer". Apartando esta terminología, Henry dice entonces que estamos volcados al mundo, no como analistas dotados de un visor intencional, sino como seres rodeados del mundo vivo, del que venimos y a que a la vez, constituímos o mejor, donamos. Es decir, donamos de Ser al mundo, a la vez que este nos hace saber que es puramente En-Sí, indiferente a nuestra mirada.
Nada más errado que hablar entonces de entes, porque antes que los entes está el Ser enorme y palpitante del Mundo-La Tierra. Mucho más tarde, y con un entrenamiento científico o de saber manual, podré ponerme a estudiar a los entes y manejarlos y medirlos. Husserl dio predominio absoluto a la intencionalidad y la constitución haciendo así de la epojé una operación científica. Su formación de matemático no debe ser indiferente a este enfoque "reflexivo".
Pero a la vez ese Mundo que se me presenta siendo En Sí y eternamente ajeno, sólo existe en mi corriente de vivencias, y por ella; todo el laborioso trabajo fenomenológico confluye, siempre y finalmente, en este punto, en esta aporía central de la vida y del ser vivido. Podemos decir que sólo existe Ser trascendente en tanto vivido por mí, pero que a su vez el modo de darse ese ser otro-ajeno indica que es lo diferente, lo otro de sí mismo y no vivencial (si se acusa a este texto de solipsismo, queda claro que es un solipsismo meramente "gnoseológico" y no ontológico). A la vez, el señalado modo de darse el Ser sólo por medio de vivencias, deja igualmente claro que no hay o no habrá más Ser cuando yo deje de vivenciar-vivir). Aunque ese ser exterior tenga la contundente materialidad e indiferencia que puede exhibir una piedra, un camino o un arroyo. El ser natural-geológico, la Tierra, tan contundente en su trascendencia y cuasi-eternidad, desaparece por completo apenas "pierdo la conciencia", por obra de un accidente o del sueño.
Cuando camino por la calle mi percepción del mundo y de mí mismo se constituyen desde el núcleo no derivable de experiencia originaria que es mi Mismidad, mi Ipseidad. (*)(**)(***)
(*) Ni Intersubjetividad, ni Empatía son conceptos que pongan en peligro estas afirmaciones. Más adelante se discutirá este punto capital.
(**)Mismidad e Ipseidad son tomados acá como sinónimos. La diferenciación de Paul Ricoeur es dejada de lado en beneficio de un término no "técnico", del habla común, Mismidad, que es de inmediata comprensión, y a la vez muy contundente.
(***) Analizando el Psicoanálisis, M. Henry dirá que "la filosofía de la naturaleza piensa resolver el problema que ha dejado pendiente el idealismo, a saber: ¿cómo el principio que produce el mundo puede por el contrario chocarse contra él como contra una realidad ajena?(...)bajo la apariencia de su diferencia(apariencia que es su Diferencia) reina la Identidad" (Genealogía del psicoanálisis, pag 321 ed. Síntesis)
Por tanto, habito el mundo que se me da como aparecer-otro y a la vez lo creo, lo produzco, lo constituyo: continuamente, perpetuamente, desde siempre y hasta el final. Podría hablarse de un esfuerzo perpetuo de la Mismidad por producir su mundo, por constituir esa Diferencia que es, al fin de cuentas, Identidad. Pero ese crear o producir no tiene el modo del conocimiento, que es un proceso posterior, derivado. Debe buscarse una complementación entre la arquitectura de la constitución intencional de Husserl, y su composición con la impresionalidad pura que precede a esa intencionalidad (*), a la mirada constituyente/cognitiva. Tomo así el término constitución en sentido amplio y le agrego "impresional" o "precognitiva". Aunque, de momento, lo sostengo a falta de uno mejor. Tal vez podría intentarse con "donación", pero no parece suplir bien a "constitución". A la vez, se debe tener en cuenta el aparecer como esencial a la constitución precognitiva, que constituye entonces algo que se le da, que se dona.(**)
(*) Más adelante se analiza la intencionalidad.
(**) Sobre la donación, posee una problematicidad evidente cuando un filósofo hoy tan influyente como Jean-Luc Marion parece utilizarlo para "emancipar" al fenómeno del sujeto, para que la "manifestación" del fenómeno no tenga sujeto, para "abrir el fenómeno a su manifestación", pasando del "en sí" husserliano al "de sí" ("Siendo dado..."). Marion, como su admirado Derrida, reivindica al Husserl de Investigaciones lógicas, por encima del posterior , el descubridor de la reducción, de Ideas y las Meditaciones ("la ortodoxia fenomenológica ulterior", la llama despectivamente Marion). El planteo de la "manifestación" tiene a su vez, claramente, una resonancia cristiana pero es a la vez muy cercana a los filósofos estructuralistas de las modas parisinas, por el repudio tout court del sujeto "soberano" y la reivindicación de la significación por encima de la intuición. En todo caso, representa un enfoque opuesto al centrado en la corriente de vivencias puras, que siento como mucho más auténtica fenomenología, una totalmente imbuida de mi experiencia originaria, de esa solamente mía, que nunca se da fuera de mí. Opto asimismo por una noción de "donación" bien diferente a la de Marion, la de M. Henry para sumarla antes que oponerla a la constitución intencional husserliana, algo que a estas alturas ya habrá resultado evidente para el lector. Henry, en Fenomenología Material: "lo dado en el modo de donación mismo: la afectividad es a una y de manera idéntica el modo de donación de la impresión como contenido impresional _lo trascendental en un sentido radical y autónomo".
Tampoco hay lugar aquí para un Sí-mismo-como-otro o en-cuanto-otro (Ricoeur), ni para el "sujeto descentrado" o estructuralmente abierto al Tú (ver más abajo Nota sobre el fenomenólogo Aníbal Fornari). Hermenéuticos cristianos y deconstruccionistas apuntan ambos, finalmente, a lo mismo: la Ipseidad absoluta es al fin de cuentas falaz, o al menos engañosa; hay, existe, o una disolución del yo-sujeto que "libera" al fenómeno de éste, o bien una urgencia inapelable al Tú para llegar a ser "sí mismo", que vanifica a la Ipseidad originaria, que la hace otra cosa, radicalmente otra cosa. Una "cosa" por cierto más amable y mucho menos inquietante que el absoluto solitario y pronto a desaparecer junto con la totalidad del Ser que aquí expongo.
En segundo lugar, debe decirse que todo decir sobre esta experiencia originaria es solo un modo de fracasar, de llegar tarde y fallidamente. En otros términos: mi flujo de vivencias desborda por definición, por su propio modo de ser, a cualquier tematización o teorización; es decir, a su expresión mediante el lenguaje. La experiencia originaria es mucho más que lenguaje, lo desborda por todas partes, como si fuera un líquido. Estos intentos de tematización apenas pueden señalar hacia la zona originaria de experiencia, que siempre será mucho más que cualquier corpus filosófico o de escritura de cualquier tipo. De nuevo: todo decir o mentar será siempre menos, más pobre, que ese núcleo originario e insuperable de vivencias que me constituye. Literatura, arte y filosofía no pueden más que, mediante el lenguaje, dirigir la atención hacia ese nivel originario y radicalmente silencioso del Ser que soy.
Asimismo, falta otro entero aspecto de esta Mismidad pura, de Ipseidad absoluta, que debe proponerse: "encerrado en su ser propio" (Henry sobre Schopenhauer) vivo cada momento, cada vivencia, solo. Esta soledad que me acompaña es un fondo de soledad radical, es un gran silencio que acompaña (que está junto a) al viviente en su puridad originaria y radical. Este gran silencio de fondo, esta mudez de la vida pura, que no cesa nunca, me crea un cierto pavor cuando tomo nota de su realidad, de su pura y constante realidad (lo real es lo inmanente puro, nunca la trascendencia objetivada). No hay nadie: estoy solo, solo "toda la vida", es decir, mientras y en mi vida pura vivida. Lo descubro, o vivencio, cuando la pongo en foco y desecho los contactos con el ser social, esa exterioridad, ajenidad por definición. Así como digo: nadie vivencia, solamente yo vivencio; así debo decir, o admitir: estoy solo en mi vivenciar. Un trasfondo de angustia o de puro darse el accidente que soy surge en torno a esta comprobación y me empuja a la compañía de los otros (aunque esté físicamente solo: cuando leo un diario estoy "en compañía", inmerso en el ser social por completo). Es por esta angustia sin salida que tienen, supongo, tanto éxito planteos como los recién citados, que nos "ponen" de compañía a los demás en el mismo corazón de la Ipseidad. Estas doctrinas resultan así muy aceptadas porque traen alivio y escape a esa verdad insoportable, o difícilmente soportable, de mi soledad radical e irremediable, que sólo termina con mi muerte, y con ella, con la aniquilación de todo el Ser. Una verdad irremediable y demoledora, a la que nadie se resigna nunca.
Aquí termina la Introducción propiamente dicha; siguen algunas puntualizaciones y desarrollos que considero importantes.
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Segunda parte.
Es claro, en cualquier caso, que este constituir en forma de su aparecer el mundo y sus seres y objetos al que me refiero es afectivo e impresional, mucho antes que intencional e intelectivo. Evoca la impresión al verme sumergido en, y rodeado por, el mundo, antes que la construcción de éste mediante un rayo intencional lanzado por la conciencia. Aquí debe tomarse nota de la esencial característica del mundo, que es su aparecer. Este darse el mundo a mí, la vivencia del mundo, su epifanía, está embebida de afectividad, es impresión pura originaria, no una detenida constitución del objeto mediante una intencionalidad, que es ya reflexiva, puesta a distancia. No puedo constituir y lanzar mi rayo intencional-constitutivo-representativo si no he puesto distancia. La primera experiencia no niega la legitimidad de la segunda, pero sí es claramente la más originaria de ambas, y la precede y explica. La aparición-donación del mundo provee los materiales para su constitución como conjunto o horizonte donde se dan los seres individuales, los objetos, los demás sujetos, etc. Husserl habla así de una experiencia derivada, posterior, no originaria en sentido pleno.
Sin embargo, hay acá un riesgo evidente de hacer una caricatura de Husserl. Una visita a Ideas I puede evitar este extravío y a la vez fundamentar mejor esta crítica. También en esta obra Husserl desarrolla ampliamente la noción de capa hylética, en los parágrafos 85 y 86. Son materiales de la conciencia no provistos de intencionalidad, datos como aspereza, color, olor, etc. (por cierto, hay, además, que recorrer nuevamente la Meditación V, tarea pendiente por ahora). Por lo demás, apuntamos al pasar que María C. Rovaletti, en el Vol IV de las Actas, recuerda que Husserl en sus manuscritos desarrolla una fenomenología de la "tonalidad afectiva" (ponencia "La existencia como tonalidad afectiva"). También he dado con un sólido artículo, "Consideraciones en torno a la reducción solipsista", de Natalia Carolina Petrillo. Para desarrollar este punto hay que recurrir al libro de Levinas "La teoría fenomenológica de la intuición", obra tempranísima de 1930 que introduce al Husserl de Ideas en Francia.
Bien, en el parágrafo 84 de Ideas I, "La intencionalidad, tema fenomenológico capital", Husserl afirma que la intencionalidad es el "tema general de la fenomenología de orientación 'objetiva'". La intencionalidad es "una peculiaridad esencial de la esfera de las vivencias en general, en cuanto que todas las vivencias participan de algún modo en la intencionalidad", pero de inmediato acota "aun cuando no podamos decir en el mismo sentido de toda vivencia que tenga intencionalidad, como, por ejemplo, podemos decir que es temporal". Es decir, el mismo Husserl está admitiendo que es un carácter del algún modo disminuido o limitado y no "tan" esencial como la temporalidad. "La intencionalidad _continúa_ es lo que caracteriza la conciencia en su pleno sentido y lo que autoriza para designar a la vez la corriente entera de las vivencias como corriente de conciencia y como unidad de una conciencia". No deja margen Husserl para relativizar la importancia de la intencionalidad, salvo que se ataque a la conciencia "en su pleno sentido". Líneas más adelante define: "entendimos por intencionalidad la peculiaridad de las vivencias de 'ser conciencia de algo'...una percepción es percepción de algo...; un juzgar es un juzgar de una relación objetiva...En todo cogito actual, una 'mirada' que irradia del yo puro se dirige al 'objeto' que es el respectivo correlato de la conciencia...y lleva a cabo la muy diversa conciencia de él", pero de inmediato agrega que "no en toda vivencia es posible encontrar esta vuelta del yo hacia algo, representándoselo, pensándolo, valorándolo..., este actual habérselas con el objeto correlativo...mientras que, por otra parte, puede albergar en sí una intencionalidad", y da el ejemplo del "fondo objetivo del que se destaca el objeto cogitativamente percibido...es real y vivencialmente un fondo objetivo". Parece que este "fondo "es lo más que puede conceder. Husserl no excede, como se ve, el esquema del cogito cognoscente o cognitivo, y a este esquema se atiene con firmeza. No hay más remedio, entonces, que objetarle que las cosas no están así: que cuando, por ejemplo, durante un viaje, llego a un nuevo lugar, no estoy centrado en esta modalidad cognitiva objetivante. En modo alguno, esta modalidad simplemente desaparece, barrida por una impresionalidad emocional que ocupa la totalidad de mi ser y hace de este nuevo lugar del mundo, visto por vez primera, no un objeto o conjunto de objetos a estudiar, sino algo infinitamente más rico: un esbozo del mundo nuevo, el mundo me presenta nuevas cualidades para éxtasis de mi ser, que es literalmente inundado por esta vivencia. Sospecho que algunas pinturas impresionistas y postimpresionistas (Vuillard, Bonnard) buscaron transmitir esta vivencia intensa y secreta de la inmersión en el mundo (los remeros de Caillebotte en el Sena).
Solipsismo y cercanía de la muerte:
Bien, el hecho es que, literalmente, sostengo la existencia del mundo y la totalidad del ser desde mi propia existencia. Y fuera de la esfera de esta no subsiste nada. Nada experimentable, "experienciable", al menos. Lo que nos acerca, equívocamente, al solipsismo. El solipsismo histórico es un hallazgo con algo de juego de salón, de ejercicio teorético elegante, pero acertado totalmente en su intuición central, que es la que mencioné recién: por fuera de mi esfera de experiencia no hay ser, sencillamente. Porque todo Ser es ser vivido, vivenciado en mi corriente de vivencias. Punto que se comprueba trágicamente, e inapelablemente, de frente a la inminencia de la propia muerte. A la vez no es necesario decir que sé firmemente que el mundo y el ser subsistirán por fuera de mi Cogito luego de mi muerte. Pero sin embargo no hay forma de escapar a la aniquilación de todo el ser que conllevará mi muerte y sólo ella...aunque esta aniquilación se limite a mi modesto ser accidental, sostenido por mi carne contingente. Esta enorme aporía, en la que se sustenta toda la experiencia, que da y no da razón a la vez al solipsismo, debería ser el nudo de toda filosofía de la subjetividad pura, por tanto de la fenomenología, pero claramente no lo es. Reiteremos lo ya sabido, el "sentido común" berkleyano (acá no consideramos a los solipsistas estrictos, alemanes, que no hemos leído y que han dejado poca huella): no hay mundo fuera del que constituyo, así como claramente no hay vida fuera del campo de la mía. Esas "ideas" las constituye Dios, dice el obispo Berkeley. Para un ateo, no hay tal mirada divina constituyente: sólo la mía, mirada constituyente de un ser finito y ocasional como soy. Por tanto, una vez aniquilada esta mirada, con ella es aniquilado el mundo en su totalidad, el ser en su totalidad. Acá puede decirse que coincido "al final del camino" con el empirismo idealista de Berkeley, que no concede existencia trascendente a los objetos. Yo sí, y por completo y radicalmente, pero hay que decirlo de nuevo: no hay mundo fuera del que aparece a mí, la totalidad del ser se desploma con mi vida; la experiencia de la inminencia o cercanía de la propia muerte nos abruma porque nos trae esta certeza. Certeza que no tiene solución alguna.
Y esto es así porque el modo de aparecer, de darse y constituirse el mundo, el ser trascendente, es el de mi experiencia originaria, de mis primeros contactos con la vida del o en el mundo, y este modo primigenio no admite otra conclusión que la que acá sacamos. Fuera de la esfera de Mismidad o inmanencia absoluta en la que llego y me abro al mundo y al ser, no "hay" nada. Y no puede haberlo, por ese insuperable e irreductible modo de darse la experiencia originaria. A la vez, el Mundo se me presenta como existiendo desde siempre en sí, con total independencia de mi minúsculo ser de carne, como ya se señaló.
Es su aparecer. Pero más allá de esta reflexión que nos pone de frente a la propia muerte como demostración extrema del carácter absoluto y originario de mi ser inmanente, toda la experiencia pura y su continuo flujo son la prueba viviente de esta afirmación, tan radical y a la vez tan límpida y, sin dudas, irrebatible. La propia muerte es la demostración in extremis, pero la ordinaria vivencia del viviente, que es el único del mundo que vivencia, es prueba más que suficiente. De hecho, reducir esta experiencia originaria absoluta a "prueba" es completamente erróneo.
(i) En nuestro auxilio podemos citar nuevamente a Husserl e Ideas I. En el Capítulo III, La región de la conciencia pura, parágrafo 47- El mundo natural como correlato de la conciencia, Husserl dice: "...es concebible asimismo que nuestro mundo intuitivo fuese el último, por 'detrás' del cual no hubiera en absoluto otro físico...". y poco más adelante: "Jamás es un objeto existente en sí un objeto tal que no le afecte para nada la conciencia y su yo. La cosa es una cosa del mundo circundante, incluso la cosa no vista, incluso...la no experimentada". Acto seguido (parágrafo 48), y luego de un análisis detenido, concluye como "un contrasentido la posibilidad lógico-formal de realidades; en sentido estricto fuera del mundo espacio temporal uno, fijado por nuestra experiencia actual". Y al inicio de este parágrafo: "...si preguntamos por la índole de la comprobaciòn determinada en principio por la tesis de algo trascendente...reconoceremos que tiene que ser necesariamente experimentable, y no meramente para un yo fingido por una vacía posibilidad lógica, sino para algún yo actual...". Todo lo cual cimenta con el rigor de Husserl nuestra tesis sobre la aporía de la realidad indudable y a la vez de la imposibilidad de un ser por fuera de mi esfera de experiencia, de mi conciencia absoluta o pura, y por lo tanto más allá de mi vida vivida.
Sentado este punto decisivo, hay otras capas o, mejor, etapas de experiencia pura, más felices, si se quiere, para explorar y fundamentar el mismo asunto clave. Pienso en las primeras etapas de la vida del viviente, del animal humano: el arrobamiento ante la vida y el mundo a los 8, 10, 12 o 15 años. Este modo primero y originario de aparecer el mundo y la vida generan en la Mismidad viviente del niño y el adolescente una suerte de estado de expectativa, en la que ansía que ese Mundo que se le presenta por primera vez tenga unas cualidades felices, que busca secretamente. Ese estado de hallazgo, en el que el joven viviente cree confirmar sus anhelos, debe llamarse estado de felicidad mundanal, o algo así. Alude a la plena fusión del ser del joven viviente y del ser del mundo, que le viene al encuentro y lo abraza y embriaga (por supuesto, esta fusión es vivencial, se trata de una vivencia extática, no de un "hecho real", constituido en alguna modalidad de materialidad permanente). Es que, como dice Claude Lefort sobre el pensamiento de Merleau-Ponty, existe en la percepción "una relación primordial que ella instituye con el mundo, una experiencia general del Ser" (*)(**)
(*) Claude Lefort: Merleau-Ponty y lo político. La idea de ser bruto y de espíritu salvaje (pag.29)
(**) Contra esta concepción se puede objetar la de la Ipseidad "oscilante", o "descentrada" de la Fenomenología francesa. El fenomenólogo argentino (santafesino) Aníbal Fornari lo define inmejorablemente: alude a la "fractura existencial del yo; el ipse adviene, entonces, a la manera de un don del que el sí-mismo no dispone, sobre todo por la excedente magnitud originaria de su interna desproporción; la extraneidad experimentada respecto a sí-mismo es al par índice de la dirección al ipse en la íntima y diversificada implicación de la alteridad" (Ipseidad y substitución, pag. 47, en la compilación "Volver hoy a las cosas mismas", Ed. Biblos, 2009). Fornari desarrolla con excelencia la noción de "desproporción estructural" del Cogito-yo como fisura por la que arriba el Tú. Para mí, tal extraneidad se colma ante la extática apertura al Mundo en la etapa inaugural y "solar" de la Vida.
Las crueles desilusiones que vendrán más tarde cambiarán el "tono" (en sentido literal, musical) de la vivencia del mundo y la vida, que entrará en el "registro" de la rutina y de la vida adulta, como escenarios de la desilusión secreta de aquellas expectativas, de aquella epifanía cuyo carácter feliz ya no será confirmado, todo lo contrario, por el mundo de la vida adulta. Busco poner en texto, en escritura, esa vivencia adolescente lejana, de gozo secreto por hallar en el mundo, en sus esbozos, el amable carácter buscado en el mundo por el joven viviente que llegaba a él. Es ese asombro o arrobamiento ante el descubrimiento de un nuevo carácter del Mundo nunca antes experimentado: la primera vez que escalé una duna y vi el mar, por ejemplo. Hay allí mucho más que biografía o literatura. (Debo seguir escarbando o excavando en esto, intentar una fenomenología de esas experiencias primeras y felices).
En ese mundo que llega por vez primera, todo es epifanía solar, gozo de estar sumergido en el mundo, que conozco inauguralmente. Sondeo ese gran ser extenso en el que viviré, y busco secretamente en sus cualidades la confirmación de que es como deseo, que su epifanía es la de un mundo que, en un inexplicable y misterioso anticipo, busqué desde aquel primer contacto. Esa mundanidad está así cargada de una suerte de aura que se prolongará hasta la adolescencia, incluso la primera juventud. El descubrimiento, por ejemplo, de un nuevo país, será vivenciado como otra cara o región de ese mundo que confirmará o no mis anhelos sobre el carácter de mi vivir en el mundo. Anhelos que traigo desde antes, inexplicablemente, que buscan confirmar el carácter de revelación feliz de la mundanidad. Porque esa felicidad será la de mi vida, según creo en esos momentos extáticos adolescentes. Ese sentimiento embebe a toda mi experiencia adolescente y, ya algo apagada, mi primera juventud.
Vamos a machacar de nuevo: nadie vivencia, salvo yo en mi esfera solipsista de autoconstitución inmanente. Husserl llega a decir: "lo absoluto mismo es este presente primigenio universal, en el 'yace' todo tiempo y mundo en todo sentido" (Hua XV, 668, citado por R. Walton en el artículo Modos del acontecimiento, del vol. Tiempo y acontecimiento, ed Biblos). Del mismo modo, cuando Husserl desarrolla y analiza sus conceptos de nóesis y nóema (por ej, en Ideas I, Capítulo III, parágrafos 87 y sigs.) queda claro que por fuera del complejo armazón que constituye el sujeto no queda nada, que más allá del nóema no hay nada experimentable. Allí explica que del lado noético podemos anotar "el dirigir la mirada el yo puro al objeto 'mentado' por él en virtud del dar sentido , al objeto que 'tiene en la mente'". Responden al contenido noético "una multiplicidad de datos comprobables en una intuición realmente pura e integrantes de un correlativo 'contenido noemático' o, más brevemente, de un nóema" (parágrafo 88, pág.213 de la edición de FCE). Y sigue Husserl: "La percepción, por ej, tiene su nóema... es decir, lo percibido en cuanto tal. Igualmente tiene cada recuerdo lo recordado en cuanto tal, justo como suyo, exactamente como está 'mentado', como es 'consciente' en él...Dondequiera hay que tomar el correlato noemático que aquí se llama 'sentido'(en una significación muy ampliada) exactamente así como está 'inmanente' en la vivencia de la percepción, del juicio, del agrado, etc, es decir, como, si preguntamos puramente a esta vivencia misma, nos es ofrecido por ella" (pags. 213/14). El parágrafo 88 termina: "En nuestra actitud fenomenológica podemos y debemos hacer la pregunta esencial: ¿qué es 'lo percibido en cuanto tal'?, ¿qué elementos esenciales alberga en sí como nóema de esta percepción? Obtenemos la respuesta entregándonos puramente a lo dado esencialmente; podemos describir 'lo que aparece en cuanto tal', fielmente, con una evidencia perfecta. Sólo otra manera de expresar lo mismo es decir: 'describir la percepción en su "aspecto noemático'".
M. Henry,en su Fenomenología material, cita la misma obra de Husserl en pag. 56 de la ed. española: "El designar la reducción fenomenológica e igualmente la esfera de las vivencias puras como trascendentales descansa justo en que esa reducción nos ha hecho descubrir una esfera absoluta de materias y de formas noéticas cuyas combinaciones (...) implican en virtud de una necesidad eidética inmanente, esta asombrosa propiedad: darse cuenta de tal o cual cosa determinada o determinable dada a la conciencia; esta cosa es lo que se confronta a la conciencia misma (...) algo por principio otro, irreal, trascendente". Henry en este libro busca derribar la fenomenología constitucional-trascendental fundada en la intencionalidad y la reflexión en favor de una "primera donación", "lo dado en el modo de donación mismo: la afectividad es a una y de manera idéntica el modo de donación de la impresión como contenido impresional _lo trascendental en un sentido radical y autónomo". Para Henry la fenomenología intencional de Husserl reduce lo trascendental a la nóesis intencional en desmedro de la sensación, la impresión. "La cosa pensada en la presuposición de la intencionalidad es la cosa trascendente, irreal, pero de manera primordial debe ser algo distinto, que no es ni irreal ni trascendente: algo puramente subjetivo, radicalmente inmanente"(pag 57). Resulta evidente que para Henry sólo hay cosa real si es dada en una subjetividad inmanente, absoluta y pre-reflexiva. De manera que Henry refuerza mi argumento "solipsista" en forma superlativa...
No, mis vivencias son las únicas, mi historia es la única historia. Esta privacidad radical, absoluta, es el nudo o núcleo solipsista de todo este arduo asunto. Nadie puede sustituirme en ese lugar ni en la tarea de donar permanentemente el mundo y todo el ser, así que ese constituir/donar tendrá siempre un carácter a la vez absoluto y precario, en cuanto solo mío, privado en doble sentido, también en cuanto limitado a este accidente de carne viva que soy. Porque me vivo como precariedad autoconstituida. Soy la instancia constitucional de la totalidad de la experiencia y del ser del mundo. Pero soy privado y a la vez universal, accidental y esencial. Todo el Ser cuelga, como un apéndice desmesurado, de mi vivencia originaria, constante y constituyente. Que es a la vez privada, pero en cuanto puramente mía, no "conocida" por nadie y, repito, la única del mundo. Quien camina a mi lado tiene presumiblemente las mismas vivencias perceptivas que yo. Pero nunca lo sabré. Todas las elaboraciones de la Alteridad, a lo Levinas, intentan destruir esa barrera y, al contrario, sostener que mi Yo es solo posible por el Otro.
Pero al no haber vida ni mundo por fuera de la vivencia mía, todo lo trascendente se vuelve ipso facto y desde el inicio una potencial nada, o, mejor, un ser a la vez enorme, que se presenta como siendo- desde- siempre-en- sí y fuera de mí, de donde provengo como precariedad, como cuerpo destinado a perimir, pero que a la vez jamás puede subsistir sin mí. Si me desmayo por la calle, por ejemplo, no solamente desaparece el mundo al modo como desaparece cuando me duermo serenamente. Si antes de desmayarme siento que muero, sentiré que morirá conmigo la totalidad del Ser, incluidas la tan invocada intersubjetividad, la vida social, etc, sobre las que había construido "mi vida". Nada subsistirá. Este es el punto crucial: la totalidad del Ser tiene un carácter, no presuntivo (acá falla el solipsismo de salón, y falla por completo) porque desde el vamos se presenta como siendo en sí, trascendente, pero a la vez como vicario, ligado a la permanencia de mi Mismidad, aunque esta sea privada, precaria, finita y surgida de la nada. El carácter extremo y absoluto de estas afirmaciones es un palidísimo reflejo _palidez propia del lenguaje, de la vida intersubjetiva_ de la vivencia pura misma en su aparecer, en su permanente construir y constituirse a sí misma. Su carácter privado, (Merleau P. habla, siempre en Lo visible y lo invisible, de un "mundo mudo") no conocido por los demás, sólo presente a mí mismo y su función universal, de constituir el mundo y todo ser trascendente y en sí, y a la vez su evidente accidentalidad y fatalidad, su finitud y la enormidad del ser que constituye y sostiene con vida, aquí está el nudo de todo asunto propiamente filosófico.
22 de octubre 2023
En medio de un drama familiar muy angustiante, me escapo de la realidad que me tiene enjaulado. Por momentos comparo cuán lejos quedé de aquellas vivencias de adolescencia que evoco en este lugar. Me refugio en las lecturas de mi infancia y adolescencia. Enciclopedias y libros de aventuras de Conan Doyle.
Y de pronto imagino, de manera metódica, casi científica, si la muerte no existiera, si todo fuera vivir sin más y sin tiempos que se terminan, en un mundo sin dolor. O si la muerte no fuese la Nada, ni tampoco el siniestro Paraíso del Dios cristiano, sino un recomenzar la vida sin el dolor y las restricciones que la vida "real" nos impone.
Tanto la vida después de la muerte si no es la Nada como si no existiera la muerte y la vida tuviera ese cáracter no restringido y totalmente ajeno al dolor, en los dos casos la vida se da, viene a mí, me rodea y se abre y ya estoy en ella. Tal como ocurre en cada vida efectivamente vivida.
Pero además, en esta ensoñación, mis padres estsán vivos, los queridos matrimonios amigos de ellos, mi hermana Mariana, todos viven. No hay muerte, nadie muere, se desconoce la muerte. El mundo que se me presenta es una mezcla feliz de los paraísos de la infancia: gran parte de lo que veo es mi casa, con su gran jardín lleno de enredaderas; salgo a la calle y en lugar de la cruda fealdad de Rosario
(ej:
encuentro calles arboladas de veredas anchas, con casas a la italiana bien mantenidas y
pequeños bloques de departamentos bajos, acogedores, no los hormigueros humanos que han arruinado tantas ciudades. O sea, nada irreal o imposible, sino un paisaje-mundo que realmente existe y puede visitarse, aunque en contados lugares.
Pero en mi ensoñación la ciudad no es tal, sino que es un continuo que sigue hasta llegar al mar, el de mi infancia y adolescencia. Paso paulatinamente de las pampas y eucaliptus a grandes pinares y bosques de álamos, casitas que surgen de entre los árboles, luego vienen las dunas enormes y finalmente la playa, aquella de 200-300 metros de ancho que me maravilló cuando la vi por primera vez y durante mucho tiempo.
En este nuevo mundo de la nueva vida no hay ni dureza ni tristeza, ni fealdad ni pobreza. Como tiene un carácter de ensoñación, nadie se pregunta por qué las cosas son así, ni nadie tiene que sufrir. Todos hacen una sola cosa: vivir. Paso por la casa de unos amigos de mis padres y saludo: ellos están allí, me reciben, me sirven un café con leche. Charlamos un rato, me despido y sigo mi camino. Hay plazas, calles amables, casi sin tránsito, pasan muy pocos autos y lo hacen lentamente. Porque nadie está apurado: todos contemplan la vida vivida, viven en su flujo de vivencias. Nadie está preocupado. Nadie sufre, nadie vive en estado de angustia. Todos hacen lo mismo que yo: pasean, caminan sin rumbo fijo, se detienen a descansar en un banco de plaza, a leer, a conversar. O van a un bar a tomar algo, charlar y mirar por la ventana. No hay "stress" ni mucho menos dolor: en este mundo no hay dolor. No hay traumas, ni relaciones patológicas ni crímenes. La violencia no puede ni siquiera imaginarse. Simplemente no es posible, no por la vigencia de la ley, sino porque no es posible ontológicamente.
Al no haber violencia ni sufrimiento físico, ni Reino de la Necesidad, el tenor de la vida cambia radicalmente. (Sobre el trabajo: casi todos los trabajos son una suma de obligaciones, de tensiones, de desgastes. Una alienante situación a la que se dedican los mejores esfuerzos para hacer algo que no nos interesa en absoluto, con gente que no tiene nada en común con nosotros salvo esa alienación. La resignación es la nota dominante del mundo del trabajo).
De vuelta en mi segunda vida de ensoñación. El mundo todo es un continuo extenso, donde se pasa de un país a otro sin ningún trámite ni freno. Las identidades nacionales existen pero son mucho menos marcadas y no generan agresividad: la xenofobia es impensable. Los países vecinos son realmente vecinos. Existe a nivel de individuos una sociabilidad ligera, no mandatoria ni asfixiante, como la de la triste vida actual. Es una sociabilidad abierta y liviana. Nadie "tiene" que socializar, nadie "tiene" que ir a tal o cual lado o reunión. Puedo entrar a una fiesta sin dar explicaciones, tomar algo y seguir "de largo", hacia otro sitio. En este nuevo mundo, todos tienen aficiones, no profesiones. Está el que gusta de hacer maquetas de barcos y el que toca el clarinete. Por puro gusto. Nadie es profesional: el músico toca en una banda para gente que se acerca y aplaude. El pianista, igual. No hay necesidad de abogados, ni contadores ni médicos. Es que nadie se enferma nunca. La vida no está en peligro, ni existe el dolor físico. Al no haber ni muerte ni enfermedad no se conoce esa angustia y ese dolor "del alma" que sentimos cuando un ser amado se enferma o, peor, muere. Nadie sabe ni se pregunta "cuánto durará esto" dado que simplemente así se vive desde siempre. No hay años ni ninguna otra medición del tiempo que no sea el día con sus horas. No hay un tiempo que indique que el Pasado ha Muerto. Solo se nota el paso de las estaciones. El continuo temporal no sabe de años ni de siglos: es un Presente estable que nadie cuestiona ni teme por él.
Lo interesante de esta fantasía radica en que es fenomenológícamente posible. Todo lo que acabo de describir podría darse, podría ser real para un niño de 6/7/8 años en su estado originario de apertura al mundo de la vida: el mundo que se le diera a vivir podría ser este que acabo de describir y no el cruel mundo que desgraciadamente nos "tocó". Fenomenológicamente posible: sí, lo reitero, porque es esa la clave de la superioridad filosófica de la Fenomenología husserliana. Es este su gran hallazgo que ni heideggerianos, ni derridianos, ni hermenéuticos cristianos podrán anular nunca. El aparecer originario nos dice que allí todo era posible, incluso este mundo fantástico que acabo de describir en pocos trazos. De nuevo: un niño de 8 años podría haberse encontrado con ese mundo y tomarlo con la misma naturalidad que toma el cruel mundo que le ha "tocado". Si algo conmueve y enternece en los niños de la calle, esos que pasan por las mesas de los bares mendigando u ofreciendo lápices, es saber que ellos están abriéndose al mundo de la vida en esas terribles condiciones. Su anoticiarse del mundo es estructuralmente el mismo que el de un niño rico o del de uno de clase media. Esta tragedia enorme y diaria es una prueba contrario sensu de lo que afirmo.
Publicado 23 de mayo 2023
He escrito mucho, demasiado, sobre la muerte como final de todo el Ser junto con mi subjetividad inmanente; debería volver al inicio de la subjetividad mía, de mi inmanencia pura. Que, de nuevo, es la única subjetividad vivida, la mía. Las otras están afuera, no son vivenciadas. Sobre mi nacimiento. El biológico: es una historia fantástica que nos cuentan de niños. Pero en la vida real, vivencial, yo nazco como sujeto autoerigido en torno a los 5 o 6 u 8 años, más o menos. Es entonces cuando comienzo a absorber de mi entorno narraciones fantásticas, como mi nacimiento biológico o la historia nacional que enuncia la maestra en la escuela.
El mundo viene a mí en forma de percepción, fundamentalmente, y dentro de ese flujo continuo y absoluto de ser percibido aparecen estos relatos o narraciones que me dan, dicen los lingüistas y hermenéuticos, un eje de sentido autoconstituyente. Yo más bien los veo como objetos flotantes que surgen en mi absoluto percibir inicial-originario. No les veo esa cualidad de ser el eje o estructura portante de mi ser, ni mucho menos. Lo mismo vale para los Otros. La Alteridad no me constituye, solo es una percepción: una que me da a ese ser semejante que vive Fuera y es un Otro. Uno como yo, pero que es un desconocido. Un como yo que ciertamente existe fuera de mi Inmanencia pura. Viene de fuera y pasa por ella.
Esa petición de ser constituido de fuera por el lenguaje y los otros es abusiva y no se fundamenta fenomenológicamente, o sea, absolutamente, en mis vivencias. Aceptado este punto, básico, toda la ciencia social y la filosofía predominante en el último medio siglo quedan descartadas o relegadas.
Veamos el nacimiento biológico: de adulto, comprendo, porque estudio ciencias, que sin esas células primigenias no existiría, ni como cuerpo ni como conciencia-inmanencia. Tardíamente, llega el complemento científico de lo que sé. Que antes de nacer yo no había nada, ni ser, ni percepción. Porque, de nuevo, todo es ser percibido, como dice Berkeley, pero sobre todo es ser percibido por mí, y por nadie más. Solo el ser percibido por mí es ser. No hay flujo de vivencias fuera del mío, porque el de los otros es un supuesto, aún cuando sea fundado "trascendentalmente", según Husserl y sus epígonos y exégetas. Pero no "veo" los rendimientos fenomenológicos de los demás para respaldar esas afirmaciones. De nuevo: el otro es una percepción con sus especificidades, pero no deja de ser eso. Estoy solo en casa: percibo la pared, el sol que entra, etc. De pronto entra una persona. La percibo. Mi flujo de vivencias es el único núcleo constituyente. Afirmar otra cosa es destruir la fenomenología husserliana que nace en Ideas I.
De vuelta a la infancia: es entonces que veo por primera vez el cielo, las nubes, la sombra de una pared, el sol. Hoy, ya anciano, no puedo recordar la primera vez en que miré el cielo. Sí sé que fue alrededor de los 4 o 5 años. Esa primera vivencia del cielo y del sol es la inauguración del Mundo. No hubo otra ni habrá otra posteriormente. Si hacemos una instropección seria y metódica no podemos sacar otra conclusión.
Husserl huye espantado de este "peligro solipsista" del que igualmente resultó imputado. Pero lo que es un peligro resulta ser una verificación primera, originaria, vivencia fundante. Así que no hay margen para la duda o la evitación del supuesto peligro. Simplemente debe constatarse lo que sabemos y que nuestro nacimiento vivencial-fenomenológico nos dice con claridad. La filosofía académica no tiene el valor de hacerlo porque está dominada por un sistema de control de lo permitido y el "solipsismo" es una blasfemia absolutamente prohibida por la doxa oficial, postestructuralista y hermenéutica.
La retórica popular sobre la muerte está muy bien retratada en el tango. No conozco casi nada de tango, pero escuché o leí varias letras que giran en torno a la muerte. Es la muerte como lamento del hombre del pueblo, que sufre en "la vida" pero rehúye su fin, la muerte. El rock creo que trata a la muerte de manera parecida. Tampoco tengo mucho conocimiento de esta música. Pero la retórica de la muerte joven es un tópico del rock, y me parece indicativa y suficiente.
Vuelvo a la muerte propia: es este momento final de la vida el momento final de todo el Ser, de todas las vivencias, del Mundo, los Otros, los sonidos, olores, sentimientos, etc. El Solipsismo se vuelve verdad en el lecho de muerte de quien agoniza. Si alguien tuviera valor, haría una fenomenología del agonizante, del que está muriendo. De esas últimas horas de vida, cuando la persona ya se ha dado cuenta: sus momentáneas pérdidas de conciencia, sus hundimientos en la nada de la inconsciencia, que no son el sueño, le dicen que lo que va a pasar no será la muerte social, otra muerte social como tantas, la muerte como se narra en los medios, por ejemplo, paradigma de proceso social de la muerte. La necrológica de un artista, para dar un ejemplo archiconocido. No, el que está muriendo sabe que su muerte será eso que siempre eludió en vida, la Nada, el no-Ser total y definitivo. En vida lo sabía sin saberlo: había visto morir y extinguirse a otros muy cercanos, sus padres, amigos, etc. Pero siempre se había plegado al ritual social, a la versión social de la muerte. "Sí, sufrió mucho, así que el final fue un alivio, dejó de sufrir", por ejemplo, es una frase harto repetida. Es propia del que mira la muerte del Otro desde afuera, del que sabe que seguirá viviendo. En los velatorios, los funerales, esta actitud social ante la muerte reina soberana. No se permite otra, de hecho. Salvo que estén culturalmente legislados, los llantos excesivos o no rituales son mal vistos. La persona que incurre en estos excesos es caracterizada médicamente o moralmente en forma negativa.
Durante el transcurrir de la vida se ha repetido decenas de veces esta actitud "madura", "adulta", o sea socialmente aplaudida ante la muerte; pero cuando es uno el que está muriendo, no hay forma de hacer esos enunciados sentenciosos y sobre todo tranquilizadores. No solo por el sufrimiento físico de la agonía, del estupor que causan las drogas que se suministran a quien agoniza. También porque el que muere ha tomado conciencia definitiva de que pronto se hundirá en la Nada, no que será una muerte como las precedentes, una muerte más a procesar con los mecanismos y rituales consabidos.
Sólo el Solipsismo puede decir esta verdad. Por eso ha sido excomulgado de la Filosofía oficial. No debe haber peor adjetivación que la de "solipsista" para dispararle a un filósofo profesional. Pero un análisis detenido de la muerte propia rápidamente nos señala que esta escuela, en el final, tiene razón. No desaparezco solo yo, con mi vida menor, mediocre, fallida. Esto sería hasta un alivio, sin dudas. La angustia de la muerte propia es que se lleva con ella la totalidad del Ser, la totalidad del Mundo, de la Vida como la entienden Husserl y Henry. No quedará nada para vivenciar, no habrá más vivencias, ni protovivencias, ni siquiera un atisbo de percepción con un proto-Ego que sea el yo autopercibido de las percepciones que le llegan. Nada de todo esto sobrevivirá a mi muerte, a la muerte de mi subjetividad. Es esta verdad tan categórica como aterradora la que las formas domesticadas de Fenomenología han tratado de sepultar. La Hermenéutica, desde ya, pero también otras corrientes, incluso no nacidas de la fenomenología francesa, como es el caso de algunos discípulos o alumnos de Husserl. Jan Patocka, por caso. Más cerca en el tiempo, y ya en plena hegemonía francesa, Marion y Richir.
Hay más, mucha más, literatura fenomenológica sobre la muerte. Y también esta hace malabarismos para eludir el nudo del asunto. "Concebimos nuestra propia muerte como la extinción sin residuos del yo personal, y por tanto como la imposición absoluta de lo totalmente heterogéneo. Ante esta perspectiva, la inminencia de la muerte puede despertar un amor heroico, en el que el yo deja paso al otro...". Este texto tomado de la solapa de "Muerte y alteridad", de Byun-Chul Han, presenta excelentemente el modo en que se afronta, o mejor, no se afronta, la muerte en la fenomenología académica contemporánea.
8 de junio 2021
He escrito sobre esto más arriba y también más abajo. Pero, ¿qué era lo que estaba en expectativa de ser a mis 15 años? Un modo y amplitud del existir que luego se fue viendo negado y apagando, paulatina pero inexorablemente. La fragilidad objetiva que tenían esas expectativas son el tema, el nudo, del asunto que intento abordar acá. Su imposibilidad material, económica, social, histórica, etc, se contrasta con la fuerza, la potencia primigenia, tal vez originaria, de ese querer que el mundo sea lo que espero que sea. Expectativa que rebasa la "lectura" del mapa de lo real y se desborda en ser pura volición, puro ser conmigo el Mundo. Cabría hablar de Mundo de la Vida, aunque no sea el mundo vivencial-histórico que describe Husserl en "La crisis". Pero sí está claro que hay mucho de él en el asunto que trato de analizar o describir. O, apenas, de señalar.
No hay asunto de carácter fenomenológico, materia fenomenológica, de mayor importancia que poner en contraste analítico-fenomenológico esos dos lados de lo vivido y de lo real-como-es. De un lado el adolescente que "imagina", que pro-yecta, construye un ser -del- Mundo- según- su -querer- que- sea; del otro, la dura y cruda realidad material, económica, familiar, incluso geográfica, de lo que es, que es mucho menos, que "no alcanza" ni material ni en ningún otro aspecto, a cubrir esa exigencia tácita y palpitante del ser adolescente que le exige al Mundo que sea mucho más de lo que es. Y que sea otra cosa, claramente. Que sea vivible y capaz de crear felicidad extática cuando era, bueno, lo que era. El mundo tal como era en 1972/5, no el que yo quería "ver", vivir, percibir, vivenciar. Era el mundo duro y crudo de las violentas crónicas políticas de la época, no el que yo atisbaba, vivenciaba por momentos, en mi ser puro éxtasis de apertura inicial al Mundo.
Hoy, 45 años después, ya en el otro extremo de la vida, no hay en este tramo final nada de "natural" en la aceptación de la Muerte. Esta es una violencia externa que impone la Naturaleza, que es totalmente ajena a la Inmanencia viviente que soy aún en esta versión quebrada y aletargada de los 60 años.
No hay desengaño más pleno que este, que a la vez es silencioso, porque la verdad estuvo siempre del lado de la dureza cruda y brutal. nunca estuvo en discusión que la verdad estaba en esa realidad muda e inamovible, y que esos atisbos, esos breves éxtasis diarios o casi diarios, eran solo eso. El ya no-adolescente-no pudo más construir esos momentos plenos que eran ser (punto clave: yo veía- percibía la calidad amable y plena del mundo como un aura objetiva, aunada con mi sentir ante el espectáculo del mundo: debía haber un disparador perceptivo para lograr esa vivencia: un magnífico cielo, por ej, un anochecer de verano, para desencadenar ese percibir como real). Pero el principio de realidad se impuso como un boxeador, a los golpes, aunque en silencio. No tuvo que pelear, ni hablar, solo ser lo que es. Y hasta hoy, a los 61 años, esa realidad bruta no disputa, solo es. No hay más pleito con el principio de realidad, no más construcciones extáticas que eran realmente lo que está ahí delante, siendo mundo tal como aspiraba, en esos atisbos.
No hay más fugas a un mundo fantástico pero que a la vez era este de todos los días, no una puerta que se abría a otro mundo. Esto es vital. No había drogas, ni psicodelia, solo plenitud vital y coincidencia con el ser Mundo. Eran atisbos en la vida diaria, bastaba una buena mañana de sábado, el momento más feliz de la semana, una salida al centro a mirar negocios y tomar una Coca, eso bastaba cuando estaba en mis 14-15-16, para disparar ese estado de éxtasis vital. Un lector de Goethe leerá esto con infinito desprecio: 'ah, qué extasis tan vulgar, en esa ciudad perdida y fea de Sudamérica!' Y desde ese punto de vista jerárquico tendrá razón, pero en lo vital puro, no tiene ninguna razón.
A esto hay que encadenarlo con el heideggeriano "estado de ser arrojado", esa vivencia de estar lanzado al mundo con total arbitrariedad, y sobre todo, más que eso y con eso,el sentimiento-experiencia de estar en el mundo en condición de debilidad y sin ninguna posibilidad de imponer nada al Mundo, ni siquiera de buscar sus regiones más favorables (tal hubiera sido el caso, creo, de haber tenido recursos para viajar, por ej, a EEUU o Italia en esa etapa breve y solar de mi vida). !Cuál hubiera sido el éxtasis al pasear por Roma un día de verano! Hubiera superado la vivencia de arrojado al mundo, porque aún en esa etapa adolescente a los momentos de éxtasis podían suceder otros diametralmente opuestos de vértigo de angustia, siempre a causa del mundo percibido, no de asuntos humanos. Un día gris en la fea Rosario por ejemplo, bastaba para esa vivencia angustiante. Y hasta no hace muchos años un día gris me ponía en estado de angustia y a la vez de lucidez. Ya han quedado atrás esos paseos, no hay energías para alimentarlos.
En busca de una fenomenología del muerto. Sirvan ejemplos de figuras públicas: Ricardo Alfonsín, Mitterrand, Thatcher, etc. Veamos:
El muerto, que calla y no opina más sobre los temas que constituyeron su vida, en estos casos la vida política nacional, la ciencia, el arte, evidencia una asimetría, la más obvia, entre individuo que desaparece y la sociedad que continúa. El que muere se va al silencio de la Nada, mientras la sociedad sigue adelante con los temas de siempre, esos que apasionaban al muerto. El muerto nunca sabrá qué pasó en esa sociedad que lo apasionaba y que le tomó la vida entera, sin descanso, hasta el último aliento. Mitterrand no sabe nada de los "chalecos amarillos", ni Alfonsín de Macri presidente. Picasso no sabe del actual arte contemporáneo, etc. Esta oscuridad absoluta de la muerte nos dice que la muerte es la aniquilación del individuo pero también de una simbiosis que había con la sociedad/mundo y desapareció con la muerte. También nos declara, a gritos, que hay asimetría ontológica: con la muerte, desaparece la totalidad del Mundo/Ser, pero solo para el que muere. Hay un ser ciego y enorme que sigue adelante, en su ser puro exterior; a la vez, el viviente vive dentro de una suerte de espejo esférico...hasta que muere. Allí se apaga la luz de la percepción, no hay más espejo ni visor del Mundo/Ser. Este doble juego, del Ser ciego puro en Sí, o puro ser trascendente sin Mismidad, y el Sujeto Absoluto que Crea el Mundo-pero-solo-para-El, puro Para-Sí condenado a hundirse junto con su Mundo en la Nada apenas falle esa frágil carne viva que es su cuerpo. Husserlianamente: la Inmanencia se extingue y con ella la objetualidad, el Mundo, el Nóema, pero también aquello a lo que señala la intencionalidad más allá, el ser en bruto trascendente que queda fuera de la epojé/reducción. (Este punto es capital: habría que desarrollarlo mucho más). No hay salida ni escape posible a esta realidad, así que el solipsismo postmortem es ineludible pese a que sea maldito por todos, a coro. Es un delito filosófico sin atenuantes. Es muy sintomática esta furia y este anatema del solipsismo. Es evidente por qué: señala al horror nihilista que nos espera a todos. A todos por igual: al exitoso y al fracasado; al que fue un gran artista celebrado y al frustrado pintor de fin de semana (pobres obras que se amontonan en su tallercito, hasta que sus deudos decidan qué hacer con ellas); al político de fama mundial y al oscuro concejal, etc. Todos serán Nada desde el instante mismo de la muerte, no contarán esas vidas llenas de triunfos o de fracasos. No hay tal cosa como un fantasma de Picasso comentando el nuevo arte, todos lo sabemos. No hay dolor, ni gozo, ni sobre todo una suerte de cuasiconciencia eterna, como insinúan las fantasías de las religiones. El horror nihilista termina con nuestras vidas pero también termina con la totalidad del Ser, y esto es un segundo escándalo. De nuevo: no habrá más percepción/percepto, nóesis y nóema, pero tampoco habrá más Ser bruto en Sí. El ser social obliga a tomar la propia muerte con "fortaleza, naturalidad, valentía", etc. Esto es parte del constructo social, del cemento social, pero es obvio que no tiene sentido alguno fuera de esa función. Los padres, a las puertas de su muerte, ocultan ese horror nihilista en el que se están precipitando, a sus hijos, aún lejos de saber "realmente" el tremendo significado de la muerte. Por eso se construye una actitud del moribunso: el profesional que "trabajó hasta el último minuto en su obra", por ejemplo. Médicos, historiadores, pintores, arquitectos, dejan constancia de su actitud vital mediante la obra inconclusa. Quedan sus papeles, sus bocetos, sus estudios, los objetos de la vida diaria que ahí están, como si se hubiera ido a tomar un café al bar con los amigos. "Vivo hasta la muerte" se llama el último libro de Ricoeur, y aunque es un texto intoxicado de cristianismo, apuesta claramente a esta rebelión mansa contra la aniquilación. Pero el que está muriendo sabe bien que no tiene sentido lo que está por pasarle. La tipología popular ha construido un módulo: el moribundo que enumera sus logros, que recuerda anécdotas en su lecho de muerte, etc. "Charló y contó anécdotas hasta el final". Esta imagen es una ulterior demostración de que no se quiere morir ni aún muriendo: la presunta imagen reconfortante, del "buen morir" termina siendo su opuesto. El que muere nos dice con esas evocaciones que en realidad no quiere morir, que no quiere que la Nada se lo trague. Que no tiene sentido alguno lo que está por pasarle.
La vida joven: el viviente sin pérdidas de intensidad del ser, envuelto en espesas capas de vida
(*)La asimetría ontológica: el ser ajeno y sin habla ni subjetividad del Mundo y los entes
La asimetría ontológica (antes que la diferencia ontológica). Veamos esto: salgo de la vida, no soy más viviente porque muero. Desaparezco, con mi ser inmanente. pero como soy la única apertura al mundo del ser trascendente, desaparece conmigo la totalidad del Ser. Conmigo morirá el mundo entero, ya lo he dicho, y, creo, demostrado. La paradoja de la asimetría es que Mundo es ser eterno, geológico, se presenta como tal desde el primer contacto, allá en el fondo de la infancia, está ahí, todo, completo ante el viviente que llega. Esa epifanía es asimétrica porque de un lado hay un Viviente que es el único que vivencia en sentido lato, pleno; del otro lado, está el Ser-mundo, ajeno y mudo.Su silencio, su falta de habla y de subjetividad es total (acá surge la fantasía de la religión: atribuir una subjetividad al Mundo, ser que es horizonte y posibilidad de la legión de los entes, que no tienen ni rastro de subjetividad). Esta objeción vale para los fenomenólogos hermeneúticos y cristianos (Ricoeur, Levinas, Henry) y para la creencia popular, mucho más relevante porque es seguida por la enorme mayoría de la Humanidad. Allí, sea en el hinduísmo o en el cristianismo, aparece esta falacia: hay una subjetividad, o muchas, allí afuera, que controlan este mundo ajeno, sin habla, que es puro ser en sí o ente. Esta subjetivación del mundo de los entes -extrema en el animismo- es una de las dos grandes causas del éxito universal de las religiones.
(*)Los años de la edad: la física dentro de mí; la opacidad del cuerpo pone límites al "cuerpo fenomenal"
Los números de la edad: tema a vincular con el de la generación. Pero acá quiero enfocarme en que, como la muerte, su preludio, el envejecer, me viene de fuera; de pronto me encuentro con que tengo 56 años, un número horriblemente alto, que jamás "pensé" tener. Siempre ubicado en la existencia como aún-joven- aunque- ya- no- tanto, esa extensa meseta vital, de pronto me hallo con este número abrumador. El tema de la edad, del número de la edad, sirve para analizar la extrañeza del tiempo físico, el del almanaque y la astronomía. De aquí debe extraerse también una crítica de la fenomenología del cuerpo vivido de M. Ponty y del binomio Michel Henry-Biran. En su guerra _justa y fundamental_ contra el positivismo más craso, absolutizan la vivencia del cuerpo (el "cuerpo fenomenal" de MP) y olvidan su opacidad y extrañeza originarias. Nunca "sé" qué es, cómo deviene por su cuenta, mi cuerpo. Hay un hemisferio de cuerpo vivido, claro, y el gran valor de los tres autores citados es su redescubrimiento como gran cantera fenomenológica. Es el cuerpo del "esfuerzo" biraniano. El de la mano que explora, que tan bien analiza, describe y valoriza fenomenológicamente M. Ponty. (*) Ahora, en ese afán nuestros autores han, al parecer, descartado esta opacidad originaria del cuerpo al propio viviente. Este hemisferio opaco es el de las sensaciones pasivas, que me "vienen" del cuerpo, de alguno de sus muchos sitios. Un dolor nuevo surge de pronto de esa opacidad que me acompaña, por ejemplo. En el vientre, en el tórax, en un miembro. Trae el temor de una enfermedad grave. Surge desde ese muro de ser conmigo pero ajeno. Ese amasijo de Voluntad schopenhaueriana ciega que soy y a la vez es conmigo, que puedo observar como a un ser extraño, que es o me es conmigo. El médico me muestra unas imágenes de una endoscopía gástrica que me hizo. Podrían ser de un extraño, o podría tratarse del interior de un animal. Mis vísceras no son mi cuerpo vivido, sino eso ajeno que se ve en las imágenes. De ese ser ajeno surgirá un día mi aniquilación, la enfermedad que terminará con mi ser viviente. Tan extraño es ese proceso y su substrato de ser no vivido como puede serlo el ser exterior. De hecho, es ser exterior que me habita.
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(*) Valga como ejemplo esta cita de "Filosofía y fenomenología del cuerpo", de M. Henry. Contrastando a Descartes y Biran, afirma: "Debe verse con claridad que únicamente en una filosofía que ha concebido la verdad originaria como un ser -el ego transcendental como un sum, y no como un sujeto lógico y como una nada- es dable la posibilidad de culminar esta obra de determinación de la subjetividad y de no retroceder ante el aparente absurdo que consiste en dar al conocimiento ontológico y originario el nombre de cuerpo". Poco después remata el párrafo: "la intuicion que se encuentra a la base del pensamiento biraniano es...la determinación del ser del conocimiento ontológico, que es del ego, como el ser mismo del cuerpo; y por último, la identidad del conocimiento ontológico como la naturaleza ontológica de este cuerpo". Pag. 94 ed. en español de Sígueme, 2007.
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Sobre los años y su exterioridad física. Este párragrafo tiene un carácter más autobiográfico y bien puede ser obviado.
Los años pasan físicamente, como el paso del día a la noche, de un día a otro, el concatenarse de semanas y meses, estaciones. Este fenómeno por esencia exterior trae un cambio en mi propia esencia subjetiva: mi edad no es sólo un número o estado biológico o médico. Como decía, hallé en la etapa última de la juventud un lugar cómodo que no quería abandonar. La extrema juventud no me sentaba bien, en cambio su fin, ese período de los 35 en adelante, sí. Mi fisionomía había mejorado por su cuenta, al abandonar los rasgos aún adolescentes que mantenía (otra vez el ser opaco de mi cuerpo en acción) y el hecho de poder exhibir experiencia me daban más aplomo. Así que tener 35 a 45 para mí no solo no era sinónimo de "crisis de la media edad" (los tópicos con que el ser social aliena al viviente de su vida propia), sino, al contrario, un estadio bastante logrado, una larga meseta de tiempo y años donde habitar con comodidad. Si no fuera por las tragedias familiares, hubiera sido un gran período en mi modesta vida provinciana argentina. Dentro, claro, de la resignación, de la Gran Resignación, que es la vida adulta.
El punto es que esa etapa terminó bruscamente con la llegada del fatal número 50. El proceso exterior por definición, el que determina el año calendario, el del Sistema Solar y sus órbitas, actuaba sobre mi propio ser íntimo. Con ese número redondo, o poco antes, llegaron los primeros achaques serios. De pronto dejé de ser "todavía joven". Noté que ya no era percibido como "aún joven". Las chicas dejaron de tutearme y, junto con otras evidencias, debí tomar nota del cambio irrevocable. Este apunte biográfico pueril debe tener materia fenomenológica, Hay que buscarla. Este presentarse de la última adultez antes de la vejez, la de los 50 años, fue brusca, como dije, y su modo de imponerse, casi violento. La "vida" en su mudo discurrir por el tiempo me sacó de un empujón del cómodo lugar en el que me había estacionado, el de esa juventud adulta de los treintas y primeros cuarentas, ayudado por mi aspecto engañosamente juvenil. Recuerdo que hasta los 47 pude mantener ese aspecto y esa actitud vital. De pronto, debí usar lentes, consultar al cardiólogo, empezar a tomar medicación para el colesterol, etc. Ya no podía percibirme como "aún joven".
Pero recaigo una y otra vez en el anecdotario sin poder pasar al análisis fenomenológico del asunto.
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El corazón de esto es que un proceso exterior y corporal (ese cuerpo ajeno, opaco y animal, el opuesto al que descubren Biran, Henry y M. Ponty) determina, no ya el fin, la extinción de mi ser, sino también el modo o tono de mi ser en sus diversas etapas vitales. Algo que viene del ser exterior como la física del Sol y del aire, el proceso de envejer, impone mi modo de estar en la vida. Porque finalmente no se trata solo de cómo me perciben los demás, sino de que voy incorporando sin tener conciencia modos y conductas que son "propios de la edad". Cuando un año de estos que han pasado en tropel noto que ya no tengo ganas o energías para una actividad que siempre había hecho, como pintar pequeños cuadritos al acrílico, me digo: "es que estoy viejo". El proceso biológico actúa subrepticiamente quitando energías vitales y esto reconfigura mi ser íntimo, dándole unos rasgos "propios de la edad". He descrito con positivismo adrede el asunto, el fenómeno. Porque hay allí la tan buscada materia fenomenológica, escondida entre anecdotario biográfico, información médica y confusión personal. En este caso, se trata de la fenomenología de la exterioridad dentro de mí: mi cuerpo opaco, pasivamente vivenciado.
Cuando mi cuerpo se cansa desde el inicio mismo de la jornada, ese ser opaco me señala que es él el que, en último término, lleva las riendas. Yo soy mi cuerpo, cierto, pero mi cuerpo también es una física dentro de mí, fisiología ajena como el Sistema Solar, dentro de mí. Las vivencias del cansancio y del dolor son las mejores para patentizar este aspecto crucial del cuerpo propio vivido como pasividad inevitable e implacable.
Sobre la muerte y su imposibilidad fenomenológica.
Levinas: ejemplo de la percepción como mera sinóptica objetivante
Marzo 2015
Tomé unas notas del libro de Pietro Citati (La paloma apuñalada) sobre el Jean Santeuil: los subrayados en negrita son míos. Pags. 124/5 y sigs. Citati señala la diferencia entre este libro de juventud y la Recherche. Aquí, "la infancia está detrás de la puerta abierta; junto a nosotros. Y en cuanto a la vida pasada un año o dos junto...en Reveillon, a los sueños en la playa...parece un pasado viviente." Sigue Citati: "Existen pocos libros donde la felicidad explote con un impetu tan abundante y triunfal...:felicidad vivida, que se multiplica cien veces mientras habla y cuenta acerca de sí... Es una felicidad total, que llena el cuerpo, colma el espíritu, desciende a las profundidades, acaricia la superficie con su ungüento maravilloso. El cuerpo que duerme está contento...gozando,con dulzura, "el sentimiento de la plenitud de la vida"; está contento el ojo...esta felicidad no puede quedar encerrada en el yo y en el cuerpo. Jean Santeuil (y Proust) no sentía ninguna alegría si no podía expulsarla fuera de sí para abrazar al mundo: el mar y el sol disuelto en el mar; los manzanos y las amapolas temblorosas...Esta felicidad tiene un nombre: la luz. Qué orgía, qué éxtasis de luz, como no la encontramos en ningún pintor expresionista (sic). Esta parte del libro está bañada de rayos...el reino de la luz triunfa en el jardín de Illiers el cual es el reino del cielo el día de la Resurrección y el Edén instalado en la tierra. Cita pag. 126 largo párrafo de Illiers. Luego: "la luz líquida", "presente en cualquier rincón y no termina nunca". pg. 127: "las cosas viven, lejos de nosotros, su sorda germinación, sus existencias secretas...en ciertos momentos calmos y quietos nos damos cuenta de que las cosas están circundadas por la belleza que hay en el puro hecho de ser, y de ser nada más que lo que son. Todo lo que existe, por el sólo hecho de existir, es bello y sagrado. Proust transforma la revelación objetiva de Chardin en una mística de la pura existencia, como Hofmannsthal o el primer Kafka. Fuera de las habitaciones de Chardin se extiende la inmensa naturaleza: la naturaleza viviente...que harán experimentar a Jean "el mismo arrebato de una vida inocente y amable, suelta, alegre, infatigable, pero tambien dulce, liviana, pequeña como un hoyuelo en la mejilla, e infinita, que no se cansa nunca, que vuelve a ponerse en marcha sin parar". Las hojas, las aguas y las flores que muestran lo que nos circunda como un mundo eternamente joven, misterioso y pleno de promesas inauditas, todo se armoniza en este mundo: los bosques, las viñas, las piedras, la luz del sol, las nubes...Jean vive en correspondencia perfecta con la naturaleza. Siguiendo sus pasos, Proust se volvió totalmente naturaleza: compartía con ella la vitalidad oscura y misteriosa, la movilidad, la liviandad, las metamorfosis,...". El traduce las figuras de la naturaleza en criaturas humanas: antropormofizó el mundo. Todo florece y se mueve y se divierte, y bromea con el mundo y con nosotros...todo el universo genera, sin cansarse nunca, figuras míticas (fin de la cita).
La soberbia prosa de Citati aprovecha las intuiciones más sublimes de Proust. Más allá del valor literario de ambos textos, acá hay hallazgos de valor fenomenológico evidente. Cuando dice que Proust "antrompormofizó el mundo", o evoca una "felicidad vivida, que llena el cuerpo" y lo desborda hacia el mundo, Citati está cerca de la vivencia de epifanía del mundo de mi adolescencia. Creo que señala a esa misma vivencia, esencialmente, aunque sin ir más allá de la crítica literaria.
Evocación de la adolescencia: la vida lejana.
SÁBADO 4 DE ABRIL DE 2009 (PROVIENE DEL BLOG ANTERIOR)
King Crimson una tarde del...75?
Sin embargo, como pienso que la Mismidad, la Propia Vida como Tal es el gran asunto de toda filosofía del sujeto, de toda filosofía última, es decir, del filosofar que no remita a la Alteridad, a los Demás, a la consideración rigurosamente estética se le debe agregar o superponer la valoración, en esta suerte de mirador estereoscópico que es la propia vida revisitada, logrando así un Unicum que sólo puede cumplir el sujeto libre sobre sí mismo: la Mismidad, precisamente, en su pleno actuar. (Ahí llega el tema que da título al disco: un largo crescendo de 9 minutos). De nuevo: no es la consideración técnica la que cuenta, de cómo se arman los temas, las entradas de cada instrumento, etc. Me interesa solamente el acto de imbricar la escucha en mi pasado. Sin dudas, si fuera musiquita pueril esta operación se podría hacer, pero no tendría ...espesor. Creo que es el término más feliz. Bien, digo: en muchos pasajes crimsonianos hay una nostalgia que se presta enormemente bien para esta operación evocativa. Puede que alguno logre la misma evocación profunda con, no sé, un cantante romántico italiano de su juventud. Aquí se abre, implacable, el abismo de las subjetividades: nunca sabré realmente qué vivencia tiene el Otro. Se puede escribir una montaña sobre la Intersubjetividad, sobre la construcción social del sujeto, etc. Pero el conocimiento del Otro en su flujo de vivencias siempre tendrá un fuerte dejo de hipotético, de supuesto. Dado que se hace desde el Mí-mismo. De vuelta a Crimson: a mí me evoca de inmediato una visión del jardín de mi casa, del living, donde sonaba el equipo de música, del sol entrando por las ventanas. Si me esfuerzo, hasta puedo recordar las tazas de café (no, en realidad no puedo: barrunto su materialidad, casi la alcanzo, pero no se termina de realizar la imagen) que nos hacíamos en la cocina. Puedo recordar vagamente la ropa que usábamos (las remeras a rayas horizontales, las zapatillas flecha), el lejanísimo verano del ...75? Y en todo eso suena Crimson, la guitarra de Fripp, catalizador de este fabuloso y frágil ensueño. ¿Cómo entender, y aún más, cómo explicar y fundamentar, que en esta experiencia de rememoración está todo el Ser de una persona, su jugo, su núcleo y esencia?
André Gorz: breve teoría del control social del individuo
(nota: este texto también fue "importado" del anterior blog bitácora liberal, ya desactivado)
Leo en la página de Cultura del Corriere del otro día un artículo firmado por André Gorz. Lo creía muerto hace muchos años. El texto está dedicado a honrar a la compañera de toda su vida, Dorine, con la que en 2007 se suicidará, a los 87 años. Bueno, el asunto es que en el medio Gorz desarrolla una concisa teorización sobre el individuo y su control social que me parece magistral. Acá va una traducción apenas decente (los subrayados son míos):
Vuelvo a Gorz, que sigue: "Ella es el verdadero sujeto (por la megamáquina social). Su dominio se ejerce sobre los miembros de los estratos dominantes al igual que sobre los dominados. Los dominantes no dominan, sino en la medida en que la sirven como leales funcionarios. Es solamente en sus intersticios, disfunciones, márgenes, que surgen sujetos autónomos a través de los cuales la cuestión moral puede plantearse. En su origen, está siempre este acto fundador del sujeto que es la rebelión contra aquello que la sociedad me hace hacer o sufrir. Alain Touraine, que ha estudiado a Sartre en su juventud, ha formulado bien este aspecto: "El sujeto es siempre un mal sujeto, rebelde al poder y a la regla, a la sociedad como aparato total". La cuestión del sujeto es, por lo tanto, la misma de la cuestión moral. Ella está en el fundamento de la ética como de la política. Dado que pone necesariamente en causa todas las formas y medios de dominación, vale decir, todo aquello que impide a los hombres comportarse como sujetos y perseguir el libre desarrollo de su individualidad como fin común".
La nota sigue. Queda claro cuán lejos del marxismo ortodoxo queda Gorz, al pedir el libre desarrollo de la invidualidad como fin común, nada menos. Y conviene aclarar algo: es evidente que, de las sociedades existentes, la de mercado es la que más "intersticios" o márgenes, deja libres para el individuo, y la que menos alienación le pide. Basta comparar a la sociedad de mercado contemporánea con el brutal disciplinamiento social cubano o chino. Pero queda claro que la disociación entre liberalismo y sociedad de masas existe, y cómo. Pese a que tantos think tanks se limiten a denunciar al Estado y sobreentiendan que lo que hacen las empresas es sacrosanto y fuera de toda crítica.
Nota: traduje del italiano derecho, como dije, sin ninguna mediación de papel o diccionario. Espero que la traducción sea aceptable.
El link de la nota completa:http://archiviostorico.corriere.it/2009/marzo/09/mia_Dorine_piu_importante_Marx_co_9_090309030.shtml
A través de ajetreo de lo cotidiano y de la omnipresencia de los demás, un zumbido irremovible se las arregla para recordarle a cada uno que está solo, que así va a ser hasta que desaparezca y que todo desaparecerá en ese mismo momento. Vivencia que da origen a formas históricas de filosofía, como el solipsismo o el idealismo berlkleyano, y que acompaña a la cotidianidad hasta su final, y lo anticipa. Pero este solipsismo es,antes que doctrina, gnoseológica o metafísica, certeza vivencial. El sentimiento de nuestra finitud, o, más prosaicamente, el miedo ante la muerte, remite al enigma de aquello que es finito, que se extingue, a su relación fundacional con aquello que se le presenta, el ser trascendente y cuasi eterno del mundo, del que proviene.
Este hundimiento final y completo del campo de la experiencia, siempre presentido, aún en los momentos de mayor plenitud vital, pone al descubierto la estructura íntima de la manera de darse nuestro ser, y con él y a través de él, de todo el ser.
En ella, cada uno atraviesa un diagrama cartesiano espacio-temporal en el que se cruza con los demás en la más pura accidentalidad, creándose una composición fantasmagórica y presunta de esos otros seres en pasaje. El modo en que deviene este ser fluctuante que es nuestro vivir tiene así, irrevocablemente, el carácter de lo arbitrario. Conviene advertir que no se habla aquí del yo transparente y sin secretos del viejo racionalismo, sino de la conciencia como un campo, con bordes desdibujados y siempre cambiantes. Un poco al modo del campo electromagnético, por su fluidez e inasibilidad.
Se trata de desentrañar esa experiencia inaugural, antepredicativa y preobjetiva,en la que el devenir parece romper el barniz histórico y cotidiano y deja entrever su eternidad muda. Esencial apuntar que este nivel puro de vivencias es, al mismo tiempo, núcleo solipsista que nos constituye desde siempre y originaria apertura al mundo; simultáneamente "mundo" y "yo solo", solus ipse. "El secreto del mundo, que buscamos, tiene que estar contenido necesariamente en mi contacto con él",dice Merleau-Ponty. Así, se afirma y a la vez se supera radicalmente el solipsismo en un único movimiento, que es toma directa de la vivencia primordial de ser absolutamente y a la vez precariamente, fundación y sostén del mundo y mero accidente de él.
En este punto se presenta una disyuntiva: o a partir de la prerrogativa absoluta de esta vivencia se intenta construir un programa de acción, una práctica social (al modo de Husserl,o, muy diversamente, del segundo Heidegger), o bien se la limita al fuero íntimo, a una pura instancia individual, sin praxis.
Entre las intuiciones inamovibles que llevan consigo algunos cristianos figura ésta: la materia, detenidamente observada, es el infierno, o su atisbo. Para alguien no religioso, este hallazgo del nivel secreto del mundo no es algo tan indeseable como el infierno, sino lo absoluto en su pura presencia. Lejos de los demás, de la vida social y de su cadena de miserias y esclavizaciones, por un instante nuestro ser accidental encuentra su destino y hasta, tal vez, su sentido.
Nostalgia de lo imposible: las otras vidas que atisbo
en la mía
Agosto de 2011
Miro extasiado con el Google Earth las calles de Washington. Recorro la Pennsylvania Avenue, y descubro la alta calidad de las fachadas historicistas o neoclásicas de los edificios de "brownstone" o similares. El Google Earth, con su fijeza y fidelidad fotográfica, me causa siempre una angustia de fondo. Sea que "viaje" a Washington o a mi entrañable Cremona. De pronto descubro el motivo , o parte de él. Son las vidas que pude tener, que se pudieron "dar" en la encrucijada de mi vida al final de la adolescencia,o incuso después, al regresar del servicio militar, y que no se "dieron". En esas calles que me muestra el Google Earth como totalmente extrañas. Pudo ser dos años en EEUU, o la vida que no tuve de joven en Roma o Bologna, cuando debí partir de acá, detrás del rastro de los exiliados argentinos y chilenos, allá por el 77. Después está la vida española, cuya "nostalgia en el vacío" me traen las películas de Saura y Erice de esos años. Nostalgia de un vivir que nunca será pero que pudo ser. De unas vivencias que sé que pudieron darse y no se darán nunca. Una pensión en Madrid, tal vez estudios de filosofía allí, etc. O en Bologna, o Roma. Pudo ocurrir, pero nunca pasó, y ya nunca pasará. Hay así en torno al camino real de la vida que hice efectivamente una suerte de paralelos y meridianos virtuales de esas vidas que pudieron ser y no fueron. Pude ser artesano de cerámica en Italia, de haberme decidido. Incluso, tal vez, pintor. Máterico abstracto, seguro. Pero no será. Pudo suceder lo mismo en España, pero tampoco. Luego están las variantes menos "mediterráneas", en las que ingresa ese idioma hostil y ajeno, el inglés. Pude haber estudiado el idioma y largarme a San Diego, o Nueva York o a la citada Washington. Con el Google Earth puedo visitar pequeñas ciudades de EEUU. Hoy estuve en Wilmington, en la costa de North Carolina. De casualidad. Pudo haber una vida mía incluso en Wilmington, forzando un poco las cosas. De joven, cuando me embarcaba en una carrera universitaria, o en sus prolegómenos, enseguida me atenazaba (literalmente) una angustia precisa: mi vida sería esa y no otra, estaría determinada por lo que estudiara y así dejaría afuera las otras alternativas. Sentía la vida como un gran "crocevía", una rosa de caminos diversos y que se alejaban irrevocablemente unos de otros. Suena pretencioso y literario, pero juro que me pasaba esto hasta los 24 años o más incluso, cuando hice mi última elección de carrera (biología), en la que duré poco, como en las otras. En esos abandonos, tuvo poco que ver la dificultad de la carrera, que siempre superé con facilidad, y mucho esa angustia de la encrucijada irrevocable, de la elección para toda la vida. Por eso me consumí en elecciones propias de un muchacho de 18/9 años hasta los 25 o 26 años. Siempre dudando si ser artesano, piloto, biólogo, o abogado. La lista es cierta, no me la inventé ahora a modo ilustrativo. Ah, también estuve un semestre sondeando la posibilidad de ser piloto de marina mercante. En cambio, mis estudios de filosofía, única actividad para la que mostraba algún talento en la adolescencia tardía, nunca los emprendí hasta que ya estaba fuera de "carrera" y lo hice a modo puramente complementario, sin ninguna ambición profesional o seriamente formativa. Supongo que debería haber hecho una doble opción temprana por la filosofía y la pintura, las únicas actividades "radicales" en las que me sentía y aún hoy me siento a gusto. Pero a la mencionada angustia de la elección irrevocable se sumaba acá la no-opción profesional en Rosario, es decir, la falta de un campo profesional en estas disciplinas. Daba por cierto que terminaría trabajando en Tribunales y como adjunto en una cátedra, y por cierto que no me faltaban razones para temer eso. Ni hablar de la pintura. En los dos casos, la ambición formativa y de futuro profesional me hubieran enviado a la Europa latina. Con más chances por el lado del arte/artesanía que del de la filosofía: jamás estudié alemán, y sin alemán, no hay filosofía profesional alguna. Menos aún en el terreno de la fenomenología. No, me hubiera quedado en Rosario, sería un adjunto que a la mañana trabaja en Tribunales. Sabría leer francés e italiano, un poquito de griego, y con eso me las arreglaría para mis breves incursiones fenomenológicas, que tal vez tendrían alguna cabida en un pequeño instituto de fenomenología, como el de Santa Fe. No más que eso. Pero me hubiera bastado, creo. Lo mismo con la pintura, en un nivel menos esencial para mi definición como ser adulto. Bien, creo que la idea está dicha y escrita.Nuestra mortalidad, nuestra finitud, nos congela y nos advierte: tenés una sola oportunidad, como mucho dos, pero el camino elegido es irrevocable. Yo nunca tuve el valor para elegir, la irrevocabilidad me atenazó y me echó atrás una y otra vez. Hoy llego a los 52 años mirando los filmes de Saura una y otra vez, añorando mis 17/19 años, mis lecturas por esos años de Merleau Ponty, que hubieran augurado una buena formación fenomenológica, al menos a nivel argentino. Hoy sólo me quedan estos apuntes confusos, sin método ni rigor.
Leo un texto de Aníbal Fornari, profesor de la Católica de Santa Fe y presidente del Círculo de Fenomenología de Santa Fe y Paraná. Fornari, a quien nunca había leído. Me parece un expositor brillante. En su fundamentación del "sí mismo como otro" de Ricoeur y recurriendo a Agustín, ve en el yo como ipseidad que "adviene a la manera de un don del que el sí-mismo no dispone". Encuentro elementos que me resultan a la vez ajenos y útiles. Fornari : "...la extraneidad respecto a sí mismo es a la par índice de la dirección al ipse en la íntima y diversificada implicación de alteridad". Más adelante menciona a una "mismidad deseante signada por la alteridad". La búsqueda y deseo del Tú, del rostro del Otro/otro, es el gran tema de Fornari, según parece, y en clave cristiana, supongo. También introduce la noción de desproporción y asimetría entre el yo o mismidad y la alteridad o el Ser , "la alteridad como herida no estridente", "la desmesura del Tú encontrado". Fornari es para mí un hallazgo y un alivio: se puede hacer filosofía y fenomenología a un alto nivel en ...!Santa Fe!, no ya digamos en Argentina. Pero vayamos al grano. Esa alteridad deseada y buscada es un Tú para un cristiano, y esa desproporción y asimetría, me traen como un eco. En mis vivencias adolescentes había un deseo íntimo de encontrar afuera, no un Tú, dado que los otros, al contrario, eran vividos como intromisión y sufrimiento, sino, más silenciosamente, un éxtasis ante el Mundo. Un gozo silencioso de hallar confirmados mis deseos en ese originario descubrir el carácter del Mundo. Una coincidencia buscada, deseada por ese ser menor, minúsculo, en el ser gigante y eterno del Mundo. No hablo así de hallar señales, en el sentido más o menos transcribible en lenguaje y socialidad, del mundo como promesa de éxito para el futuro adulto, sino en su coincidir con mi Ser que, como dice Fornari (creo) se da a sí mismo como vínculo con el ser envolvente (a propósito de Heidegger, o por ahí).